lunes, 15 de noviembre de 2010

Llanto por la muerte de un perro


 Abigael Bohórquez
Hoy me llegó una carta de mi madre
y me dice, entre otras cosas: —besos y palabras—
que alguien mató a mi perro.

“Ladrándole a la muerte,
como antes a la luna y el silencio,
el perro abandonó la casa de su cuerpo,
—me cuenta—,
y se fue tras de su alma
con su paso extraviado y generoso
el miércoles pasado.
No supimos la causa de su sangre,
llegó chorreando angustia,
tambaleándose,
arrastrándose casi con su aullido,
como si desde su paisaje desgarrado
hubiera
querido despedirse de nosotros;
tristemente tendido quedó,
—blanco y quebrado—,
a los pies de la que antes fue tu cama de fierro.
Lo hemos llorado mucho...”

Y, ¿por qué no?
yo también lo he llorado;
la muerte de mi perro sin palabras
me duele más que la del perro que habla,
y engaña, y ríe, y asesina.
Mi perro siendo perro no mordía.
Mi perro no envidiaba ni mordía.
No engañaba ni mordía.
Como los que no siendo perros descuartizan,
destazan,
muerden
en las magistraturas,
en las fábricas,
en los ingenios,
en las fundiciones,
al obrero,
al empleado,
al mecanógrafo,
a la costurera,
hombre, mujer,
adolescente o vieja.

Mi perro era corriente,
humilde ciudadano del ladrido-carrera,
mi perro no tenía argolla en el pescuezo,
ni listón ni sonaja,
pero era bullanguero, enamorado y fiero.
A los siete años tuve escarlatina;
y por aquello del llanto y el capricho
de estar pidiendo dinero a cada rato,
me trajeron al perro de muy lejos
en una caja de zapatos. Era
minúsculo y sencillo como el trigo;
luego fue creciendo admirado y displicente
al par que mis tobillos y mi sexo;
supo de mi primera lágrima:
la novia que partía,
la novia de trenzas de racimo y de la voz de lirio;
supo de mi primer poema balbuceante
cuando murió la abuela;
mi perro fue en su tiempo de ladridos
mi amigo más amigo.

“Ladrándole a la muerte,
como antes a la luna y el silencio,
el perro abandonó la casa de su cuerpo,
—dice mi madre—,
y se fue tras de su alma —los perros tienen alma:
un alma mojadita como un trino—
con su paso extraviado y generoso
el miércoles pasado...”
Ay, en esta triste tristeza en que me hundo,
la muerte de mi perro sin palabras,
me duele más que la del perro
que habla,
y extorsiona,
y discrimina,
y burla;
mi perro era corriente,
pero dejaba un corazón por huella;
no tenía argolla ni sonaja,
pero sus ojos eran dos panderos;
no tenía listón en el pescuezo,
pero tenía un girasol por cola
y era la paz de sus orejas largas
dos lenguas
de diamantes.

(Poesía i Teatro, en la sección “Fe de bautismo”, 1960)

Teletón: La Gran Estafa






sábado, 6 de noviembre de 2010

Tolerancia

La tolerancia no debe ser corrección política. Se trata de un respeto activo que no debe impedirnos bajo ninguna circunstancia exponer y argumentar nuestras propias críticas. (Alex Ramirez-Arballo)

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La Guerra de Troya, por Robert Graves (fragmento 1)


1. LA FUNDACIÓN DE TROYA
Se dice que Troya fue fundada por el príncipe Escamandro que, a causa del hambre, se marchó navegando hacia el este, desde la isla de Creta, con un gran número de seguidores, dispuesto a fundar una colonia en algún lugar fértil. Un oráculo le ordenó instalarse en cualquier lugar donde los enemigos nacidos de la tierra desarmaran a sus hombres al caer la noche. Atracó en la costa de Frigia, a la vista de una montaña alta cubierta de pinos a la que llamó Ida en honor al monte cretense del mismo nombre y acampó al lado de un río al que puso su propio nombre, Escamandro. A la mañana siguiente, cuando se despertaron los cretenses, vieron que un tropel de ratones hambrientos había roído las cuerdas de sus arcos, las correas de cuero de sus escudos y todas las partes comestibles de sus armaduras. Por lo tanto, éstos debían de ser los enemigos nacidos de la tierra de los que hablaba el oráculo. Escamandro ordenó una parada, hizo amistad con los nativos de Frigia y comenzó a cultivar la tierra. No mucho tiempo después, atracó cerca de allí una colonia de locrenses griegos y se pusieron bajo sus órdenes. A pesar de que los frigios le dejaron construir una ciudad cerca del río, Escamandro todavía no había decidido cuál era el mejor lugar. Entonces alguien propuso enviar a la llanura una vaca moteada para ver dónde se acomodaba para rumiar. La vaca eligió una pequeña colina y los hombres de Escamandro fijaron a su alrededor los límites de Troya. Construyeron casas en su interior, pero estuvieron algunos años sin construir la muralla porque estaban demasiado ocupados mejorando sus granjas.
Finalmente, un rey troyano llamado Laomedonte consiguió toda la ayuda que necesitaba de dos importantes dioses, Poseidón y Apolo. Éstos se había rebelado contra Zeus todopoderoso, líder de los dioses del Olimpo, quien les había sentenciado a ser esclavos de Laomedonte durante todo un año. Poseidón construyó gran parte de la muralla bajo las órdenes del rey, mientras que Apolo tocaba el arpa y cuidaba de los rebaños reales. Eaco, un colono locrense, construyó la muralla delante del mar. Desde luego, no era tan fuerte como las construidas por los dioses.
Laomedonte prometió pagarles un buen sueldo a Apolo, Poseidón y Éaco por su trabajo, pero como era el más tacaño de los hombres, los echó con las manos vacías. Eaco, disgustado, regresó a Grecia navegando, Apolo envenenó los rebaños troyanos con raíces ponzoñosas y Poseidón se vengó enviándoles a tierra un monstruo marino cubierto de escamas para que se tragara vivo a cualquier troyano que se cruzara por su camino. Cuando los troyanos culparon a Laomedonte por sus infortunios, éste consultó el oráculo de Apolo. La sacerdotisa le dijo que el monstruo no se marcharía hasta que se hubiera comido a su hija Hésione. Entonces el rey la ató desnuda a una roca. Sin embargo, en aquel preciso momento, pasaba Heracles, el héroe, camino de una de sus tareas y se apiadó de Hésione. Prometió destruir al monstruo si Laomedonte le daba permiso para casarse con ella y, además, le entregaba dos maravillosos caballos blancos como la nieve, regalo de Zeus todopoderoso. Laomedonte aceptó encantado. En consecuencia, Heracles le partió el cráneo al monstruo con un golpe de su garrote de olivo y rescató a Hésione. Laomedonte, avaro como siempre, engañó a Heracles no sólo denegándole a Hésione, sino también los caballos. Heracles se marchó maldiciéndole y regresó, al cabo de unas pocas semanas, al mando de una pequeña escuadra que había tomado prestada del hijo de Eaco, Telamón. Tomaron Troya por sorpresa, vencieron a Laomedonte, mataron a todos sus hijos (excepto el más joven, cuyo nombre era Príamo) y se llevaron a Hésione.
Príamo fue proclamado rey de Troya. Habiendo reforzado la ciudad más de lo que estaba antes, después de un reinado largo y sabio, organizó un consejo para decidir la mejor manera de recuperar a su hermana Hésione. Cuando sugirió que se enviara una flota para rescatarla, el consejo le advirtió que primero tenía que pedir de forma educada que se la entregasen. De acuerdo con ello, los mensajeros de Príamo visitaron Salamina, donde les dijeron que vivía. Se les recordó que, previamente, Laomedonte había prometido Hésione a Heracles, pero que le engañó; que Heracles volvió, saqueó Troya, se llevó a la princesa y la entregó en matrimonio a su amigo Telamón; que el padre de Telamón, Éaco, también fue engañado por Laomedonte; y, finalmente, que Hésione le dio a Telamón un hijo llamado Teucro el arquero (ahora ya mayor) y que no quería irse de Salamina, ni siquiera para una visita corta.

2.PARIS Y LA REINA HELENA
El rey Príamo se enfadó al oír la información de la visita de los mensajeros a Salamina y cuando su hijo Paris se marchó con la reina Helena de Esparta y se la llevó a Troya, también se negó a devolverla. Esta decisión fue la que provocó la larga y desastrosa guerra de Troya, que no benefició a nadie, ni siquiera a los conquistadores.
Ésta es la historia de Paris y Helena. Paris era el hijo de Príamo y de la reina Hécuba, la que soñó, antes del nacimiento de su hijo, que en lugar de un niño iba a dar a luz a un haz de leña encendido del que saldrían innumerables serpientes. Príamo le preguntó a Calcante, el profeta de Apolo, qué significaba el sueño. Éste respondió:
--Este niño será la ruina de Troya. ¡Córtale el cuello tan pronto como nazca!
Príamo no tenía el valor de matar a ningún bebé, especialmente su propio hijo, pero la advertencia le asustó; así que entregó el niño a su capataz de pastores diciéndole:
-Déjalo detrás de un arbusto en algún lugar del bosque del monte Ida y no vuelvas allí en diez días.
El pastor obedeció. Pero al noveno día, al pasar por el tupido valle de arbustos en el que Paris fue abandonado, el pastor encontró una osa amamantándole. Asombrado ante aquella situación, llevó a Paris junto a sus propios hijos.
Paris creció alto, atractivo, fuerte e inteligente. Los otros pastores siempre le invitaban para que juzgase las corridas de toros. Zeus todopoderoso, observándole desde su palacio del lejano Olimpo, se dio cuenta de lo honesto que era al dar sus veredictos en ciertas ocasiones y un día le eligió para que presidiera un concurso de belleza al cual él prefería no ir. Esto es lo que ocurrió: la diosa de la discordia, llamada Eris, no fue invitada a una famosa boda (la de la nereida Tetis con el rey Peleo de Ptía) a la que sí asistieron el resto de dioses y diosas. Eris lanzó con rencor una manzana de oro a los invitados después de haberle escrito en la piel: «¡Para la más bella!». Le habrían llevado la manzana a Tetis, ya que era la novia, pero tuvieron miedo de ofender a las tres diosas más importantes allí presentes: Hera, la esposa de Zeus todopoderoso; Atenea, su hija soltera, no sólo diosa de la sabiduría sino también de la guerra; y su nuera Afrodita, diosa del amor. Cada una de ellas creía ser la más hermosa, y comenzaron a pelearse por la manzana, tal como Eris había previsto. La única esperanza de Zeus para conseguir la paz doméstica era organizar un concurso de belleza y elegir a un juez justo.
Así pues, Hermes, el heraldo de los dioses, descendió con la manzana y un mensaje de Zeus para Paris:
--Tres diosas --anunció-- vendrán a visitarte aquí, en el monte Ida, y las órdenes de Zeus todopoderoso son que tú deberás premiar con esta manzana a la más bella. Por supuesto, todas ellas se conformarán con tu decisión.
A Paris le desagradaba la tarea, pero no podía evitarla.
Las diosas llegaron juntas, y cada una, al llegar su turno, descubrió su belleza; y cada una, al llegar su turno, le ofreció un soborno. Hera se comprometió a nombrarle emperador de Asia. Atenea a convertirle en el hombre más sabio y más victorioso en todas las batallas. Pero Afrodita se acercó cautelosamente y le dijo:
--¡Querido Paris, declaro que eres el muchacho más atractivo que he visto desde hace muchos años! ¿Por qué perder el tiempo aquí, entre toros, vacas y pastores estúpidos? ¿Por qué no te mudas a alguna ciudad rica y llevas una vida más interesante? Mereces casarte con una mujer casi tan hermosa como yo, déjame que te sugiera a la reina Helena de Esparta. Una mirada y haré que se enamore de ti tan profundamente que no le importará dejar a su marido, su palacio, su familia... ¡Todo por ti!
Excitado por el relato de Afrodita sobre la belleza de Helena, Paris le dio a ella la manzana, mientras que Hera y Atenea se marcharon enfurecidas, cogidas del brazo, para planear la destrucción de toda la raza troyana.
Al día siguiente, Paris hizo su primera visita a Troya y se encontró con que se estaba celebrando un festival de atletismo. Su padrastro, el pastor, que también había ido con él, le advirtió de que no participara en la competición de boxeo que estaba teniendo lugar delante del trono de Príamo; pero Paris se avanzó y ganó la corona de la victoria al mostrar más su valor que su destreza. También se apuntó para participar en la carrera y llegó el primero. Cuando los hijos de Príamo le desafiaron a una carrera más larga, les volvió a ganar. Les molestó tanto que un campesino hubiera conseguido tres coronas de victoria seguidas que desenvainaron las espadas. Paris corrió hacia el altar de Zeus en busca de protección, mientras que su padrastro se arrodillaba ante Príamo suplicando:
--¡Majestad perdonadme! Éste es vuestro hijo perdido.
El rey llamó a Hécuba y el padrastro de Paris le mostró un sonajero que había encontrado en sus manos cuando éste era un bebé. Ella lo reconoció al instante; de manera que se llevaron a Paris con ellos y en el palacio celebraron un enorme banquete en honor de su vuelta. Sin embargo, Calcante y los demás sacerdotes de Zeus advirtieron a Príamo que si Paris no moría inmediatamente, Troya se convertiría en humo. Él respondió:
--¡Prefiero que se queme Troya a que se muera mi maravilloso hijo!
Príamo preparó una flota para navegar hacia Salamina y rescatar a la reina Hésione con las armas. Paris se ofreció para tomar el mando, y añadió:
--Y si no podemos llevar a mi tía a casa, quizá yo pueda capturar a alguna princesa griega a la que podamos retener como rehén.
Sin duda alguna, ya estaba planeando llevarse a Helena, y no tenía ninguna intención de llevar a casa a su vieja tía, que no despertaba el más mínimo interés en ningún troyano, excepto Príamo, y además se sentía perfectamente feliz en Salamina.
Mientras Príamo decidía si le dejaba tomar el mando a Paris, Menelao, rey de Esparta, visitó Troya por un asunto de negocios. Se hizo amigo de Paris y le invitó a que fuera a Esparta, cosa que le permitió llevar a cabo su plan fácilmente, utilizando sólo una nave rápida. Él y Menelao zarparon tan pronto como el viento les sopló favorablemente y al llegar a Esparta lo festejaron juntos durante nueve días seguidos. Según lo que dijo Afrodita, Helena se enamoró de Paris a primera vista, pero le dio vergüenza el descarado comportamiento del chico. Incluso se atrevió a escribir «¡Amo a Helena!» con el vino vertido sobre la mesa del banquete. Menelao, entristecido por la noticia de la muerte de su padre en Creta, no se dio cuenta de nada y, transcurridos los nueve días, embarcó para ir al funeral, dejando a Helena que gobernara en su ausencia. Al fin y al cabo, era el deber de Helena, ya que él era rey de Esparta por haberse casado con ella.
Aquella misma noche, Helena y Paris se fugaron en su rápida nave, tras subir a bordo la mayoría de los tesoros de palacio que ella había heredado de su padrastro. Paris robó una gran cantidad de oro del templo de Apolo como venganza por la profecía hecha por sus sacerdotes según la cual debería haber sido asesinado al nacer. Hera levantó, con rencor, una fuerte tormenta que empujó su nave hacia Chipre; y Paris decidió quedarse allí algunos meses antes de volver a casa (Menelao debía de estar anclado en Troya, esperando para atraparle). En Chipre, donde tenía amigos, reunió una flota para atacar Sidón, una rica ciudad en la costa de Palestina. El ataque fue un gran éxito: Paris mató al rey de Sidón y consiguió una vasta cantidad de tesoros.
Finalmente, cuando volvió a Troya, su nave estaba cargada de plata, oro y piedras preciosas y los troyanos le dieron la bienvenida entusiasmados. Todos pensaron que Helena era tan hermosa, más allá de cualquier comparación, que el mismo rey Príamo juró que nunca la ofrecería, ni siquiera a cambio de su hermana Hésione. Paris tranquilizó a sus enemigos, los sacerdotes troyanos de Apolo, dándoles el oro robado del tesoro del dios de Esparta; y casi las únicas personas que no veían muy claro lo que ahora podía pasar eran la hermana de Paris, Casandra, y su hermano gemelo, Heleno, que poseían el don de la profecía. Este don lo adquirieron accidentalmente, siendo todavía niños, al quedarse dormidos en el templo de Apolo. Las serpientes sagradas salieron y les lamieron las orejas, cosa que les permitió escuchar la voz secreta del dios. Esto no fue muy bueno para ellos, porque Apolo se las ingenió para que nadie creyera sus profecías. Casandra y Heleno advirtieron a Príamo una y otra vez que nunca permitiera a Paris visitar Grecia. Ahora le advirtieron que devolviera a Helena y a su tesoro inmediatamente si quería evitar una guerra larga y terrible. Príamo no les prestó la más mínima atención

Responso del peregrino por Alí Chumacero (1918-2010)

I

Yo, pecador, a orillas de tus ojos
miro nacer la tempestad.

Sumiso dardo, voz en la espesura,
incrédulo desciendo al manantial de gracia;
en tu solar olvida el corazón
su falso testimonio, la serpiente
de luz y aciago fallecer, relámpago vencido
en la límpida zona de laúdes
que a mi maldad despliega tu ternura.

Elegida entre todas las mujeres,
al ángelus te anuncias pastora de esplendores
y la alondra de Heráclito se agosta
cuando a tu piel acerca su denuedo.

Oh, cítara del alma, armónica al pesar,
al luto hermana: aíslas en tu efigie
el vértigo camino de Damasco
y sobre el aire dejas la orla del perdón,
como si ungida de piedad sintieras
el aura de mi paso desolado.

María te designo, paloma que insinúa
páramos amorosos y esperanzas,
reina de erguidas arpas y de soberbios nardos;
te miro y el silencio atónito presiente
pudor y languidez, la corona de mirto
llevada a la ribera donde mis pies reposan,
donde te nombro y en la voz flameas
como viento imprevisto que incendiara
la melodía de tu nombre y fuese,
sílaba a sílaba, erigiendo en olas
el muro de mi salvación.

Hablo y en la palabra permaneces.
No turbo, si te invoco,
el tranquilo fluir de tu mirada;
bajo la insomne nave tornas el cuerpo emblema
del ser incomparable, la obediencia fugaz
al eco de tu infancia milagrosa,
cuando, juntas las manos sobre el pecho,
limpia de infamia y destrucción
de ti ascendía al mundo la imagen del laurel.

Petrificada estrella, temerosa
frente a la virgen tempestad.

II

Aunque a cuchillo caigan nuestros hijos
e impávida del rostro airado baje a ellos
la furia del escarnio; aunque la ira
en signo de expiación señale el fiel de la balanza
y encima de su voz suspenda
el filo de la espada incandescente,
prolonga de tu barro mi linaje
—contrita descendencia secuestrada
en la fúnebre Pathmos, isla mía—
mientras mi lengua en su aflicción te nombra
la primogénita del alma.

Ofensa y bienestar serán la compañía
de nuestro persistir sentados a la mesa,
plática y plática en los labios niños.

Más un día el murmullo cederá
al arcángel que todo inmoviliza;
un hálito de sueño llenará las alcobas
y cerca del café la espumeante sábana
dirá con su oleaje: “Aquí reposa
en paz quien bien moría.”

(Bajo la inerme noche, nada
dominará el turbio fragor
de las beatas, como acordes:
“Ruega por él, ruega por él. . .”)

En ti mis ojos dejarán su mundo,
a tu llorar confiados:
llamas, ceniza, música y un mar embravecido
al fin recobrarán su aureola,
y con tu mano arrojarás la tierra,
polvo eres triunfal sobre el despojo ciego,
júbilo ni penumbra, mudo frente al amor.

Óleo en los labios, llevarás mi angustia
como a Edipo su báculo filial lo conducía
por la invencible noche;
hermosa cruzarás mi derrotado himno
y no podré invocarte, no podré
ni contemplar el duelo de tu rostro,
purísima y transida, arca, paloma, lápida y laurel.

Regresarás a casa y, si alguien te pregunta,
nada responderás: sólo tus ojos
reflejarán la tempestad.

III

Ruega por mí y mi impía estirpe, ruega
a la hora solemne de la hora
el día de estupor en Josafat,
cuando el juicio de Dios levante su dominio
sobre el gélido valle y lo ilumine
de soledad y mármoles aullantes.

Tiempo de recordar las noches y los días
la distensión del alma: todo petrificado
en su orfandad, cordero fidelísimo
e inmóvil en su cima, transcurriendo
por un inerte imperio de sollozos,
lejos de vanidad de vanidades.

Acaso entonces alce la nostalgia
horror y olvidos, porque acaso
el reino de la dicha sólo sea
tocar, oír, oler, gustar y ver
el despeño de la esperanza.

Sola, comprenderás mi fe desvanecida,
el pavor de mirar siempre el vacío
y gemirás amarga cuando sientas que eres
cristiana sepultura de mi desolación.
Fiesta de Pascua, en el desierto inmenso
añorarás la tempestad.